Iztapalapa ya vive los días centrales de su celebración más emblemática. La edición 183 de la representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo avanza en este 2026 con un peso simbólico extraordinario: es la primera que se realiza después de que la UNESCO inscribiera esta tradición comunitaria en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en diciembre de 2025.
Para la capital y, sobre todo, para los Ocho Barrios originarios, no se trata sólo de una escenificación religiosa, sino de una expresión de identidad, memoria y organización popular que ha sobrevivido casi dos siglos.
¿Cuándo inicia la representación?
La representación de este año comenzó el domingo 29 de marzo con el Domingo de Ramos y se extenderá hasta el 5 de abril, Domingo de Pascua.
El momento culminante llegará el viernes 3 de abril, cuando se realice el Viacrucis por las calles de los Ocho Barrios y la crucifixión en el Cerro de la Estrella, uno de los actos de mayor convocatoria religiosa y popular del país.
La alcaldía y el gobierno capitalino prevén la asistencia de alrededor de 2 millones de personas a lo largo de la semana, aunque algunas proyecciones elevan la afluencia hasta 2.3 millones.
¿Quién representará a Jesús?
En el papel principal de Jesús de Nazaret fue elegido Arnulfo Eduardo Morales Galicia, médico cirujano, egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM y originario del barrio de San Lucas. Como Virgen María participará Erika Morales, quien ha dicho que su intención es transmitir “el acto de fe” y el dolor de una madre.
Ambos forman parte de una selección rigurosa, en la que los personajes centrales deben ser originarios de los Ocho Barrios y sujetarse a reglas comunitarias que buscan preservar la seriedad y el sentido ritual de la representación.
¿Cuántas personas participan?
Sobre el número de participantes, las cifras disponibles muestran dos cortes distintos. Reportes difundidos en marzo por el comité organizador y medios que cubrieron la presentación de la edición 183 hablan de 136 personajes con parlamento, unos 600 participantes como mujeres del pueblo, romanos y hebreos, y alrededor de 2 mil 500 nazarenos.
Sin embargo, otras notas con datos atribuidos a la alcaldía elevan el cálculo a 4 mil nazarenos dentro de un universo de 8 mil 300 participantes, lo que sugiere que no todas las fuentes están midiendo exactamente el mismo tramo o universo de la representación. Con los datos más consistentes de la conferencia de marzo, la cifra de referencia para nazarenos este año es de 2 mil 500.
La seguridad en la Representación
El operativo de seguridad será, como cada año, de dimensiones mayores. La Secretaría de Seguridad Ciudadana informó que desplegará 9 mil 188 policías y 549 vehículos, además de mil 500 elementos de la Policía Auxiliar, con vigilancia desde el arranque de actividades y hasta el 4 de abril.
Sólo para el Viernes Santo, día del Viacrucis, se prevé el despliegue de 3 mil 181 efectivos, apoyados por 139 vehículos, 31 motopatrullas, siete grúas, 56 semovientes y tres helicópteros. El dispositivo incluirá cierres viales estratégicos, monitoreo permanente, apoyo de Protección Civil y atención prehospitalaria.
A ese blindaje policial se suma un aparato logístico de gran escala. La alcaldía informó una inversión de 22 millones de pesos en mejoramiento urbano sobre el recorrido procesional: rehabilitación de banquetas, guarniciones, luminarias, fachadas y cruces de las caídas, además de señalización en los Ocho Barrios.
También se instalaron puestos de mando, puntos de hidratación y atención médica en los 8.7 kilómetros del trayecto. En paralelo, las autoridades estiman una derrama económica de 250 millones de pesos, muestra de que la Pasión de Cristo es también un fenómeno social y económico para el oriente de la capital.
La Historia
La historia de esta celebración explica por qué Iztapalapa la defiende como un patrimonio vivo y no como un simple espectáculo. De acuerdo con el INAH y con la memoria histórica de la comunidad, su origen se remonta a 1833, cuando una epidemia de cólera golpeó a la zona y los habitantes hicieron una promesa al Señor de la Cuevita en agradecimiento por el fin de la enfermedad.
A partir de 1843 comenzó la representación formal de la Pasión de Cristo, que con el tiempo se transformó en una compleja tradición teatral, religiosa y comunitaria sostenida por generaciones enteras de familias de los barrios originarios.
Ese origen explica también la fuerza de los nazarenos. No son un adorno de la procesión, sino una de sus columnas simbólicas. Son hombres, mujeres, jóvenes e incluso niños que cumplen una manda y acompañan el recorrido cargando cruces, muchos de ellos descalzos o con penitencias físicas, como expresión de fe, gratitud o petición.
La presencia de los nazarenos ha crecido con el tiempo y se ha vuelto una de las imágenes más potentes del Viernes Santo en Iztapalapa: una marea de cruces de madera avanzando entre los ocho barrios rumbo al Cerro de la Estrella.
La ruta tradicional atraviesa San Lucas, San Pablo, San Pedro, San José, Asunción, Santa Bárbara, San Ignacio y San Miguel, los ocho barrios que sostienen la organización comunitaria del evento. Ahí radica uno de los rasgos más singulares de esta celebración: no depende de una estructura burocrática ni de una producción externa, sino del trabajo del Comité Organizador de Semana Santa en Iztapalapa y del tejido social de la propia comunidad.
Reconocimiento Mundial
Por eso la declaratoria de la UNESCO fue leída en la demarcación no sólo como un reconocimiento religioso o cultural, sino como una validación internacional de una forma de organización popular que se transmite de generación en generación.
En 2026, Iztapalapa llega a su Semana Santa con una doble carga simbólica: la continuidad de una promesa hecha en el siglo XIX y el estreno de un reconocimiento mundial.
Entre cruces, parlamentos, vigilancia aérea, miles de participantes y millones de asistentes, la representación vuelve a convertir al oriente de la Ciudad de México en el gran escenario de una tradición donde conviven la fe, la memoria barrial y la disputa por preservar una identidad colectiva en medio de una ciudad cada vez más grande y más fragmentada.
Esa es, quizá, la razón por la que la Pasión de Cristo de Iztapalapa sigue convocando no sólo creyentes, sino también a un país entero que la mira como una de sus expresiones culturales más poderosas.


















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