En medio de las investigaciones por varias muertes presuntamente relacionadas con la aplicación de sueros vitaminados en una clínica de la colonia Jesús García, el testimonio de Julio Gaxiola ofrece un relato detallado de lo que vivió como usuario del establecimiento.
“Este soy yo aplicándome un ‘suero vitaminado’ en la clínica… donde ya van varios muertos”, comienza su narración, en la que reconoce que, desde el inicio, no confiaba en este tipo de tratamientos. “Nunca creí en estos sueros. Basta con informarse en fuentes confiables o consultar a un médico serio para saber que no son necesarios”, sostiene.
Pese a ello, explica que su contexto personal influyó en su decisión. Durante meses enfrentó problemas de salud física y emocional que lo llevaron incluso a permanecer en un hospital psiquiátrico. En ese proceso, relata, comenzaron a surgir recomendaciones constantes de alternativas “complementarias”, entre ellas los sueros.
“Yo me negaba, pero familiares se organizaron para pagármelos. Lo hicieron con buena intención, y eso me conmovió”, señala. La insistencia, sumada a la idea de que el tratamiento “no podía hacer daño”, lo llevó a aceptar. “Pensé que, en el peor de los casos, me hidrataría o eliminaría lo que no necesitara”.

Sin embargo, desde su llegada al lugar identificó elementos que le generaron inquietud. Describe un consultorio con ambientación “natural y zen”, pero con condiciones que contrastaban con esa imagen, como la presencia de mosquitos. También le llamó la atención la cantidad de personas en espera, incluidos menores de edad recibiendo este tipo de procedimientos.
“Había cuadros de certificaciones, pero la mayoría eran de medicina estética. Eso me hizo pensar que cualquiera puede acceder a esos cursos pagando”, comenta. A ello se sumaba la venta de productos comerciales de bienestar dentro del consultorio.
Durante la consulta, asegura que el médico revisó rápidamente sus estudios y le planteó la posibilidad de suspender medicamentos psiquiátricos. “Fue una alerta importante. No me pareció adecuado hablar de quitar medicación así de sencillo”, afirma.
El procedimiento continuó con la aplicación del primer suero, que no le generó efectos adversos inmediatos. Posteriormente regresó para una segunda sesión sin mayores incidentes. No obstante, la tercera aplicación marcó un punto de quiebre.
“Sentí que el suero estaba demasiado cargado. Me quedé profundamente dormido”, relata. Según su testimonio, al terminar la infusión presentó reflujo de sangre en la vía intravenosa sin que el personal lo advirtiera. “Otra paciente fue quien me despertó y me alertó de lo que pasaba”, indica.

Gaxiola también cuestiona prácticas de higiene dentro del lugar, al señalar que el personal manipulaba material médico mientras consumía alimentos.
El testimonio adquiere relevancia luego de que se reportaran fallecimientos de personas que habrían recibido sueros en ese mismo establecimiento. “No quería sacar conclusiones antes de tiempo, pero ya son demasiadas coincidencias”, expresa.
Su última aplicación ocurrió hace aproximadamente dos semanas. Aunque afirma no haber presentado síntomas graves, reconoce incertidumbre ante la evolución de otros casos. “Leí que una de las víctimas se aplicó el suero y murió semanas después”, señala.
Finalmente, asegura que decidió no regresar, pese a que familiares le ofrecieron continuar financiando el tratamiento. “Ya no quise”, puntualiza.
El caso ha encendido alertas sobre la proliferación de terapias sin sustento científico y la necesidad de regulación sanitaria. Desde su experiencia, Gaxiola lanza un llamado: “La salud no tiene atajos. Lo básico sigue siendo lo más importante: buena alimentación, ejercicio y atención profesional. Y, sobre todo, escuchar la intuición”.














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