La noche cayó sobre el sur de la Ciudad de México con una mezcla de ansiedad y nostalgia. El viejo Coloso de Santa Úrsula, rebautizado ahora como Estadio Banorte, volvió a respirar fútbol tras casi dos años de silencio. No era un partido más: era el ensayo general rumbo al Mundial 2026, la prueba de fuego para un recinto que busca reconciliar su historia con el negocio del presente.
En la cancha, México y Portugal empataron 0-0. En las tribunas, el resultado fue otro.
El ritual del regreso
Desde horas antes, la ciudad ya giraba alrededor del estadio. Calles cerradas, accesos vigilados y miles de aficionados caminando como en peregrinación hacia un templo renovado. El partido arrancó a las 19:00 horas, en un ambiente que combinaba fiesta y tensión logística.
El inmueble, ahora modernizado con iluminación LED, nuevas zonas VIP y tecnología de punta, es el mismo que albergará la inauguración del Mundial el 11 de junio de 2026.
Pero también es otro: más corporativo, más caro, más distante para algunos.
Un partido sin gol, pero con señales
En lo futbolístico, el duelo fue más ensayo que espectáculo. México, dirigido por Javier Aguirre, mostró orden y personalidad frente a una Portugal competitiva, aunque sin su figura, Cristiano Ronaldo, ausente por lesión.
El Tricolor tuvo momentos de dominio. Álvaro Fidalgo se adueñó del mediocampo, mientras que en ataque las aproximaciones fueron escasas pero insistentes. Portugal respondió con peligro —un disparo al poste incluido—, pero tampoco logró romper el cero.
El empate sin goles dejó sensaciones encontradas: falta de contundencia, sí, pero también una base competitiva frente a una potencia europea.
La otra cara de la inauguración
La fiesta, sin embargo, quedó marcada por un hecho trágico: la muerte de un aficionado que cayó desde una zona de palcos antes del partido.
El incidente oscureció una noche que pretendía ser histórica y evidenció que, más allá de la modernización, persisten retos en seguridad y organización.
A eso se sumaron críticas por los altos precios, problemas de acceso y la ausencia de estacionamiento, que complicaron la experiencia de muchos asistentes.
Incluso en las inmediaciones, protestas sociales recordaron que el Mundial no se juega solo en la cancha.
Entre la épica y el negocio
El estadio —símbolo de los Mundiales de 1970 y 1986— vuelve a colocarse en el centro del fútbol mundial, ahora como el primero en albergar tres Copas del Mundo.
Pero su nueva identidad, ligada al patrocinio y a la lógica comercial, abre un debate: ¿qué queda del Azteca mítico en esta nueva versión?
Epílogo: un empate que dice más de lo que parece
El silbatazo final no trajo goles, pero sí una conclusión clara: México compite, aunque aún no convence. El estadio impresiona, aunque no enamora del todo.
La noche terminó entre aplausos dispersos y algunos abucheos. No por lo que faltó, sino por lo que se espera.
Porque el Mundial ya está a la vuelta de la esquina… y el margen para improvisar se agotó.















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