La tarde se transformó en una fiesta nacional. Lo que comenzó como una concentración multitudinaria para seguir el partido de la Selección Mexicana terminó convirtiéndose en una auténtica marea tricolor que inundó el Zócalo capitalino y más tarde desbordó el Ángel de la Independencia, donde miles de aficionados celebraron una nueva noche de gloria para el futbol mexicano.
Desde varias horas antes del encuentro, la Plaza de la Constitución comenzó a teñirse de verde. Familias enteras, grupos de amigos, turistas y aficionados llegados de distintos puntos de la capital ocuparon cada rincón disponible frente a las pantallas instaladas para seguir el partido.
El ambiente era el de una final. Los vendedores ambulantes apenas podían abrirse paso entre la multitud. Las banderas ondeaban sobre las cabezas de los asistentes y los cánticos se multiplicaban conforme avanzaban los minutos. Cada llegada de México al área rival era acompañada por gritos de emoción; cada jugada de peligro provocaba silencios tensos que duraban apenas unos segundos.
Y entonces llegó el momento esperado.
Cuando la Selección Mexicana encontró el gol, el Zócalo explotó. El estruendo fue inmediato. Miles de personas saltaron al mismo tiempo. Hubo abrazos entre desconocidos, lágrimas, teléfonos móviles apuntando al cielo para registrar el instante y una sola consigna que se escuchó desde un extremo hasta otro de la plaza: “¡Sí se pudo!”.
La celebración se prolongó durante el resto del encuentro. Con el silbatazo final, la euforia terminó por desbordar las calles del Centro Histórico.
Miles de aficionados emprendieron la marcha hacia Paseo de la Reforma, siguiendo una tradición que se ha consolidado durante décadas: celebrar en el Ángel de la Independencia cada triunfo importante del representativo nacional.
La glorieta pronto quedó repleta.
Las avenidas aledañas se transformaron en una romería futbolera. Automovilistas hicieron sonar el claxon sin descanso mientras caravanas improvisadas avanzaban lentamente entre una multitud que cantaba, brincaba y ondeaba banderas gigantes.
Al pie del monumento, los festejos alcanzaron su punto máximo. Bengalas iluminaron la noche, los tambores marcaron el ritmo de los cánticos y cientos de aficionados se fotografiaron frente a la columna dorada que históricamente ha sido escenario de las mayores celebraciones deportivas del país.
La lluvia, que por momentos amenazó con dispersar a la multitud, terminó siendo un ingrediente más de la fiesta. Nadie se movió. Los asistentes siguieron cantando bajo el agua, convertidos en una sola voz que celebraba la actuación del equipo mexicano.
Elementos de seguridad y personal de tránsito desplegaron operativos para mantener el orden y facilitar la movilidad en la zona, mientras miles de personas permanecían concentradas en Reforma, prolongando la celebración hasta entrada la noche.
La escena dejó una imagen contundente: una capital entregada por completo a su selección. Del corazón político del país, en el Zócalo, al principal símbolo de las celebraciones nacionales, en el Ángel de la Independencia, la Ciudad de México vivió una jornada de fervor futbolero pocas veces vista.
Porque cuando juega México, el país se detiene; y cuando gana, las calles se convierten en una sola fiesta.















Deja una respuesta