El reloj marcó el final del partido y, por un instante, la Ciudad de México pareció contener el aliento.
Después llegó el estruendo.
No fue un solo grito, sino millones. Un rugido que salió de las casas, de los restaurantes, de las plazas públicas, de los parques, de las pantallas gigantes y de cada rincón donde un mexicano seguía el partido. La victoria de la Selección Mexicana por dos goles a cero sobre Ecuador acababa de romper una sequía de cuatro décadas y la capital respondió como sólo lo hacen las ciudades que entienden el tamaño de la historia.
México volvía a ganar un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo.
Cuarenta años después.
El país entero parecía haberse quitado un peso de encima.
Las anotaciones de Julián Quiñones y Raúl Jiménez hicieron explotar una emoción que durante generaciones había permanecido guardada entre recuerdos del Mundial de 1986, relatos familiares y oportunidades perdidas. Esta vez no hubo espacio para la resignación. Esta vez la historia decidió vestirse de verde.
El primer gran escenario de la celebración fue el Zócalo capitalino.
Frente a Palacio Nacional, miles de aficionados permanecían inmóviles mirando la pantalla gigante cuando cayó el primer gol. Un segundo después, la Plaza de la Constitución se convirtió en un mar de abrazos. La gente lloraba sin importar quién estuviera a su lado. Padres levantaban a sus hijos. Jóvenes ondeaban enormes banderas. Adultos mayores repetían una frase que parecía resumir cuarenta años de espera: «Ahora sí nos tocó.»
El segundo gol terminó por desatar la locura.
El grito atravesó las calles de Madero, 20 de Noviembre y Cinco de Mayo. Llegó hasta los balcones del Centro Histórico y se perdió entre las campanas de la Catedral Metropolitana. Era una ciudad celebrando al mismo tiempo.
Pero la fiesta apenas comenzaba.
Como si existiera un llamado silencioso, miles de personas comenzaron a caminar hacia Paseo de la Reforma.
El Ángel de la Independencia volvió a convertirse en el santuario de las grandes alegrías nacionales.
No había espacio libre alrededor del monumento.
Las banderas ondeaban por encima de la multitud mientras los vendedores ambulantes apenas alcanzaban a surtir cornetas, sombreros y playeras del Tricolor. Cada pocos segundos se escuchaba un nuevo coro de «¡México, México!», seguido por el ya tradicional «¡Sí se pudo!».
Entonces el cielo se iluminó.
Los fuegos artificiales comenzaron a estallar detrás del Ángel de la Independencia, dibujando destellos verdes, blancos y rojos sobre Paseo de la Reforma. Cada explosión era respondida por una ovación multitudinaria.
Y cuando parecía que la noche no podía ofrecer una imagen más poderosa, apareció la lluvia.
Primero tímida.
Después intensa.
Pero nadie se movió.
Miles de personas permanecieron empapadas, abrazadas, cantando el Himno Nacional y «Cielito Lindo». La lluvia dejó de ser una molestia para convertirse en parte del recuerdo. Las gotas resbalaban por los rostros pintados con los colores nacionales mientras los teléfonos celulares iluminaban la glorieta como si fueran miles de pequeñas antorchas.
En el Monumento a la Revolución la escena era distinta, pero igual de emotiva.
Las familias bailaban. Los niños corrían entre las banderas. Los jóvenes improvisaban cánticos mientras los tambores marcaban el ritmo de una celebración que parecía no tener final.
Las caravanas comenzaron a recorrer las principales avenidas.
Reforma.
Insurgentes.
Circuito Interior.
Viaducto.
El sonido de los cláxones sustituyó por unas horas al tráfico cotidiano. Desde las ventanillas ondeaban banderas mexicanas mientras peatones y automovilistas compartían sonrisas y levantaban el pulgar al cruzarse.
No había desconocidos.
Sólo mexicanos celebrando.
En decenas de plazas públicas ocurrió exactamente lo mismo.
Cada pantalla instalada para seguir el partido terminó rodeada por personas que se negaban a regresar a casa. Algunos seguían repasando los goles. Otros discutían la siguiente ronda. La mayoría simplemente quería prolongar una noche que tardó cuarenta años en llegar.
La presidenta Claudia Sheinbaum siguió el encuentro junto con la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, durante un evento público con aficionados, donde ambas compartieron la emoción de una victoria que unió al país más allá de cualquier diferencia.
Mientras la madrugada avanzaba, la capital seguía despierta.
Las taquerías continuaban llenas.
Los vendedores agotaban las últimas banderas.
Los automóviles seguían tocando el claxon.
En las estaciones del Metro todavía se escuchaban cánticos.
Y bajo una lluvia persistente, la Ciudad de México comprendía que acababa de vivir una de esas noches que no necesitan fotografías para permanecer en la memoria.
Porque hay partidos que entregan un resultado.
Y hay victorias capaces de reconciliar a un país con sus sueños.
La de México sobre Ecuador fue una de ellas.
La noche en que el futbol volvió a reunir a millones de personas en un mismo abrazo y la capital, entre lluvia, fuegos artificiales y un interminable «¡México, México!», escribió una nueva página en la historia del deporte nacional.


















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