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Mano Negra. El populismo, una paradoja de la democracia.

Claudia Sheinbaum, el populismo y los riesgos para la democracia en México.

Si quieres entender a una persona, no escuches sus palabras, observa su comportamiento: Albert Einstein

Por: Héctor González Escobar

El ingenio popular suele encontrar fórmulas sencillas para explicar realidades complejas.

Una de ellas dice: «Si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, probablemente sea un pato».

La frase viene a cuento cuando se trata de identificar aquello que, más allá de las apariencias y las justificaciones, termina por revelar su verdadera naturaleza.

El maestro José Carreño Carlón ha advertido, y abre el debate en uno de sus mas recientes articulos en La Aurora de México, sobre los riesgos de un “populismo dadivoso y empobrecedor” (*), capaz de comprometer los recursos y la capacidad operativa de instituciones públicas debilitadas, como el Instituto Mexicano del Seguro Social, actualmente convulsionado por las demandas de sus trabajadores por mejoras salariales, entre otras.

Bajo esa premisa, el gobierno de Claudia Sheinbaum merece ser analizado a la luz de las características que diversos especialistas atribuyen al populismo contemporáneo.

En política, sin embargo, las etiquetas no bastan. Para llamar populista a un gobierno no alcanza con que sus adversarios lo califiquen así; es necesario examinar sus prácticas, su discurso y, sobre todo, su relación con las instituciones democráticas.

La advertencia obliga a formular una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar un gobierno en la distribución de beneficios y la concentración del poder sin comprometer la sostenibilidad de las instituciones que está obligado a preservar?

EL POPULISMO BAJO LA LUPA

Para entender el fenómeno conviene acudir a Ricardo Becerra, presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática (IETD), quien publicó en Nexos el artículo “Tips para entender el populismo”. Becerra parte de una observación relevante: aunque el populismo tiene antecedentes históricos que se remontan a los siglos XIX y XX, su expansión contemporánea ha obligado a estudiar con mayor atención sus mecanismos políticos y sus consecuencias para la democracia.

El historiador e intelectual francés Pierre Rosanvallon ha llegado a caracterizar nuestra época como el siglo del populismo. El fenómeno no se limita a una ideología, una región o un partido. Puede presentarse tanto en la izquierda como en la derecha, y su fuerza reside, en buena medida, en la capacidad de ofrecer respuestas simples a problemas complejos, reivindicar a sectores que se sienten excluidos y prometer que el poder volverá a manos del pueblo.

El economista Dani Rodrik ha explicado una parte de ese atractivo: los dirigentes populistas ganan terreno cuando prometen recuperar la soberanía nacional y devolver a los ciudadanos el control de las decisiones políticas. El problema comienza cuando esa promesa de representación se transforma en la pretensión de que un solo dirigente, un partido o un movimiento encarna por sí mismo la voluntad popular.

Ahí está el punto de quiebre. En sus reflexiones, Becerra identifica varios rasgos que ayudan a reconocer el fenómeno: la apelación permanente a las emociones; la construcción de una identidad colectiva enfrentada a sus adversarios; la apropiación política del Estado; la concentración del poder en el Ejecutivo; la descalificación del disenso y la polarización como método de gobierno.

A ello se suman el debilitamiento de los contrapesos, la presión sobre las instituciones autónomas y la tentación de modificar las reglas constitucionales para asegurar la continuidad del proyecto político. No todos estos rasgos aparecen necesariamente con la misma intensidad en cada gobierno.

La advertencia central de Becerra, sin embargo, merece especial atención: el populismo puede llegar al poder mediante elecciones democráticas y, una vez instalado, utilizar su legitimidad electoral para modificar las condiciones que permiten la competencia, el pluralismo y la alternancia.

La paradoja es evidente. La democracia abre la puerta al poder de las mayorías; el constitucionalismo establece límites para impedir que esas mayorías se conviertan en poder absoluto. Ganar una elección otorga legitimidad para gobernar, no un cheque en blanco para debilitar los contrapesos.

SHEINBAUM Y EL MANUAL DEL POPULISMO

El análisis adquiere una dimensión mexicana con el artículo “Sheinbaum, populista de manual”, publicado por Rubén Aguilar en Animal Político. Aguilar sostiene que Claudia Sheinbaum reproduce, en su manera de hacer política y de comunicarse, varios de los mecanismos populistas que caracterizaron al gobierno de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador.

Su observación parte de un contraste: a diferencia de otros dirigentes populistas, a quienes suele distinguir la espontaneidad y la facilidad para conectar emocionalmente con sus seguidores, Sheinbaum proyecta una imagen más rígida y controlada. Pero, según el articulista, esa diferencia de estilo no modifica el fondo de su estrategia política.

Aguilar identifica cinco prácticas recurrentes en el discurso presidencial.

La primera: “presentar una realidad favorable al gobierno”. La comunicación oficial tiende a destacar los logros de la administración y a restar importancia a los problemas. El riesgo aparece cuando la narrativa gubernamental deja de contrastarse con los indicadores, los resultados y la experiencia cotidiana de los ciudadanos.

La segunda: “responsabilizar al pasado”. Los gobiernos anteriores, el neoliberalismo y los adversarios políticos aparecen como explicación de buena parte de los problemas nacionales. La revisión histórica es legítima; lo cuestionable es convertirla en una respuesta permanente que sustituya la rendición de cuentas de quienes gobiernan hoy.

La tercera: “distorsionar los hechos”. Aguilar sostiene que la mentira forma parte de la estrategia populista, es parte central de la construcción del mensaje. Esta práctica sistemática se requiere para hacer realidad los dos puntos anteriores: la construcción de la fantasía, todo está bien y los problemas del pasado han sido superados, y el pasado es el culpable de todo lo que no está bien.

La cuarta: “construir enemigos políticos”. La narrativa populista suele dividir el espacio público entre quienes representan al pueblo y quienes supuestamente conspiran contra él. Los adversarios dejan de ser interlocutores legítimos y se convierten en obstáculos morales para la transformación prometida.

La quinta: “descalificar a los medios y periodistas críticos”. Las conferencias presidenciales pueden servir para informar y responder preguntas; el problema surge cuando el poder público utiliza su posición para estigmatizar a quienes investigan, cuestionan o exhiben errores de la administración.

La utilidad del planteamiento de Aguilar no consiste en aceptar todas sus conclusiones sin discusión, sino en convertirlas en preguntas para evaluar al gobierno. ¿La información oficial permite conocer los problemas o busca neutralizar las críticas? ¿Las responsabilidades se asumen o se trasladan sistemáticamente al pasado? ¿Los adversarios son tratados como parte legítima de la democracia? ¿La prensa puede ejercer su trabajo sin represalias? Las respuestas no deberían depender de simpatías partidistas, sino de los hechos.

POSTURA DE CLAUDIA SHEINBAUM

Ante las acusaciones de la oposición y de sectores internacionales que califican a su administración de «populista» o «autoritaria», la presidenta Claudia Sheinbaum, responde sosteniendo que su gestión es una democracia de derechos respaldada por el pueblo. En lugar de aceptar el término en su sentido peyorativo, redefine la cercanía con la ciudadanía como el eje central de la 4T bajo la máxima: «Con el pueblo todo, sin el pueblo nada».

Retomado de diversas publicaciones en medios y redes sociales, sus principales argumentos y estrategias de respuesta ante estas críticas se estructuran en los siguientes puntos:

  1. Reafirmación del respaldo popular y encuestas; Sheinbaum argumenta frecuentemente que las políticas de bienestar y las reformas constitucionales de su gobierno no son «ocurrencias» populistas, sino mandatos soberanos avalados por la ciudadanía. En sus conferencias mañaneras suele citar los elevados índices de aprobación ciudadana (que diversas encuestas sitúan entre el 70% y el 79%) para demostrar que la población aprueba el rumbo del país y que el gobierno está legitimado de manera democrática y no mediante manipulación;
  2. Contranarrativa hacia la oposición («La derecha contra el pueblo»); para neutralizar la etiqueta de populismo, la mandataria revierte el argumento señalando que quienes la critican pertenecen a una «derecha internacional y conservadora» que defiende el clasismo, el racismo y los antiguos privilegios económicos. Sheinbaum sostiene que la oposición busca descalificar los programas sociales tachándolos de populistas porque ignoran las fallas del modelo neoliberal, el cual —según sus declaraciones— concebía la educación y la salud como mercancías en lugar de derechos humanos fundamentales;
  3. Ironía ante críticas de actores extranjeros; cuando líderes de la derecha internacional o analistas extranjeros han calificado a su gobierno de «populismo autoritario» o dependiente, Sheinbaum ha optado por responder con ironía o rechazo directo. Con ello, defiende la autodeterminación y asegura que los ataques internacionales obedecen a redes políticas que buscan incidir de manera ilegítima en el panorama nacional;
  4. Defensa de los programas de bienestar como derechos; frente a las críticas que acusan a los apoyos económicos directos de ser clientelares (una característica atribuida al populismo), la presidenta enfatiza que su gobierno ha impulsado cambios legales para elevar los programas sociales a rango constitucional. Al institucionalizarlos de este modo, argumenta que dejan de ser dádivas de un gobernante en turno para transformarse en derechos permanentes exigibles por cualquier ciudadano de México.

EL PODER NO ES PATRIMONIO DE UN MOVIMIENTO

El debate sobre el populismo no puede reducirse a una discusión sobre el carácter de la presidenta, su estilo personal o su capacidad para comunicar. Lo verdaderamente importante es la manera en que se ejerce el poder y se relaciona con las instituciones.

En México, la fuerza electoral de Morena y la continuidad del proyecto iniciado por López Obrador plantean una cuestión de fondo: ¿cómo garantizar que una mayoría política, por amplia que sea, respete los límites que protegen a las minorías, la libertad de expresión y la independencia de los órganos encargados de vigilar al gobierno?

Los programas sociales, por sí mismos, no definen a un gobierno como populista. Tampoco lo hace el hecho de contar con una amplia base electoral. La discusión cambia cuando los apoyos se convierten en instrumentos de lealtad política, cuando el debate público se sustituye por la descalificación o cuando las mayorías se utilizan para debilitar los controles institucionales.

La pregunta no es si el gobierno debe ayudar a quienes más lo necesitan. La pregunta es si puede hacerlo sin debilitar las instituciones que deben atenderlos de manera permanente. El IMSS es un ejemplo particularmente sensible. Su capacidad para prestar servicios depende de recursos suficientes, infraestructura, personal, medicamentos y una administración eficaz.

LA PARADOJA DEMOCRÁTICA

El populismo plantea una contradicción que las democracias no pueden ignorar. Se presenta como la voz auténtica del pueblo, pero puede terminar cuestionando la legitimidad de todos aquellos que no comparten su visión. Invoca la soberanía popular, pero va por encima de los límites institucionales que les impiden concentrar el poder.

Y ahí reside su paradoja: puede servirse de las elecciones para llegar al gobierno y, al mismo tiempo, erosionar las condiciones que hacen posible una democracia plural. La diferencia entre una mayoría democrática y una mayoría que pretende imponerse sin límites no está en el número de votos que obtuvo, sino en su disposición a respetar las reglas, escuchar a las minorías, tolerar la crítica y aceptar la posibilidad de perder el poder en las urnas.

Por eso, el examen del gobierno de Claudia Sheinbaum no debería agotarse en la pregunta de si es o no populista. Lo sustantivo es determinar qué decisiones fortalecen la democracia y cuáles reducen sus contrapesos; qué promesas se traducen en resultados y cuáles permanecen en el terreno de la propaganda.

El poder necesita límites, incluso cuando goza de respaldo popular. Quizá, precisamente entonces, los necesita más. Porque en democracia el pueblo tiene el argumento definitivo en las urnas, pero ningún gobernante puede arrogarse el derecho de hablar en su nombre para siempre.

El pato puede caminar, nadar y graznar. En política, sin embargo, no basta con reconocer su apariencia: hay que examinar sus actos. No basta con identificar al gobernante; importa examinar qué hace con el poder que recibió de los ciudadanos.Y, sobre todo, observar hacia dónde conduce al país.

Es bajo estos argumentos que ustedes enterados lectores, tienen la última palabra en este debate. ¿La batalla ideológica del siglo XXI es entre democracia liberal y populismo?

ALACENA

Una muy buena. Defiende Villoro la crítica al recibir el Premio Fuentes.


El pasado 14 de octubre, tras recibir el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Palacio de Bellas Artes, el escritor y periodista Juan Villoro expresó que en tiempos en los que la aprobación de la llamada «Ley Antimemes» ha encendido las alarmas de censura en el País, se pronuncia en favor de la crítica y el disenso.

Durante el acto de entrega del Premio el también columnista de Grupo Reforma dijo que es de agradecer que México represente una zona de excepción en un momento en que la ultraderecha avanza en América Latina; «sin embargo, es mucho lo que debe corregirse», enunció. «No sería fiel al espíritu de Fuentes si no insistiera en ello. Con excesiva frecuencia, se considera que toda crítica se ejerce en contra. No es así: la crítica honesta favorece.

«Un Gobierno progresista debe ofrecer las mejores bases para ser criticado. La discutidora especie humana sólo prospera en discrepancia», subrayó Villoro, para resaltar la necesidad de más presupuestos para ciencia, cultura, educación y salud, «pilares esenciales de una política de izquierda que no existe en la realidad, pero que no deja de ser un ideal». Lo que necesitamos, sentenció, es que Bellas Artes no sea una estación del Metro, sino una necesidad cotidiana de todos los mexicanos.

Una que duele. Lamento informar del sensible fallecimiento del periodista Francisco Garfias, mejor conocido en el medio como “Pancho Garfias” el pasado 11 de octubre a los 75 años, víctima de complicaciones tras una cirugía de cáncer de páncreas.
Gran amigo y mejor periodista, Pancho se especializó en periodismo político y crónica parlamentaria; fue colaborador en diversos medios de comunicación como Milenio, Unomásuno, La Crónica de Hoy y Excélsior, medio para el que publicaba su columna Arsenal.


Nació el 7 de agosto de 1951. Su inicio como reportero fue en el diario Unomásuno tras egresar de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en la que estudió Periodismo. Posteriormente, trabajó en Petróleos Mexicanos (Pemex) y en Radio Educación, donde se desempeñó como redactor de noticias.


Entre 1983 y 1989 fue corresponsal de Excélsior en Francia. Desde París cubrió acontecimientos políticos europeos y asuntos económicos internacionales, entre ellos las discusiones relacionadas con la deuda externa y la llegada de François Mitterrand a la presidencia.


A su regreso a México, en 1989, se concentró en la cobertura parlamentaria y siguió de cerca los trabajos de la Cámara de Diputados y del Senado. También cubrió procesos electorales, incluida la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1994.

Descanse en paz el querido Pancho.

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