El Pleno de la Cámara de Diputados interrumpió su sesión legislativa para guardar silencio. No hubo discursos ni consignas, solo un momento de respeto. Los legisladores se pusieron de pie para rendir homenaje a Carlos Alberto Manzo Rodríguez, presidente municipal de Uruapan y exdiputado federal, asesinado el 1 de noviembre en Michoacán.
La presidenta de la Mesa Directiva, Kenia López Rabadán, tomó la palabra brevemente. “La muerte de Carlos Manzo es una herida más para el país”, dijo con tono firme, al recordar su trayectoria en el servicio público. A su llamado, los diputados se levantaron en señal de solidaridad.
Por acuerdo de la Junta de Coordinación Política (Jucopo), el Pleno guardó cuatro minutos de silencio: el primero por Manzo Rodríguez; el segundo por el priista Francisco Rojas Gutiérrez; el tercero por Elena Sánchez Algarín, trabajadora de la Cámara; y el cuarto por las víctimas del incendio ocurrido en una tienda de conveniencia en Hermosillo, Sonora.
Más allá del protocolo, el homenaje fue un recordatorio del riesgo que enfrentan quienes ocupan cargos públicos, sobre todo en regiones donde la violencia y la política se entrelazan. La muerte de Manzo se suma a una lista que crece con cada ciclo electoral.
El breve silencio en San Lázaro no resolvió nada, pero sí dejó claro algo: la violencia en México ya no distingue colores ni ideologías. Y mientras los diputados regresaban a sus curules, la exigencia de justicia seguía flotando, tanto en el recinto como en Michoacán, donde la comunidad de Uruapan aún espera respuestas.















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